La libertad de expresión es un derecho consagrado y reconocido en todas las constituciones europeas; sin embargo, su ejercicio se ve repetidamente coartado por las estructuras de poder de cada país.
Numerosos medios de comunicación de masas, manejados y copados por un reducido elenco de grupos empresariales, se crean o se pliegan al servicio de determinados intereses políticos.
Con este fin, además de intentar manipular a la ciudadanía y conseguir poder político y económico, los contenidos y formatos de muchos canales televisivos pretenden desviar la atención del gran “público” hacia cuestiones frívolas, sin ningún contenido educativo, informativo o cultural. Tratan así de ocultar información sobre temas relevantes y decisiones políticas con repercusión directa en el ejercicio de los derechos humanos o el bienestar general.
De esta forma, los informativos se cargan de noticias insignificantes, sucesos y fútbol, y el resto de la programación es alimentada de tele-realidad, de contenido amarillista y rosa, de programas alienantes y banalizadores que idiotizan a la persona y la mantienen alejada de la posibilidad de análisis, sentido crítico y compromiso social.